LOS FANTASMAS DEL REINA SOFIA Y OTROS CASOS

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      LOS FANTASMAS DEL REINA SOFIA
           Y OTROS CASOS MISTERIOSOS

El Museo Reina Sofía de Madrid arrastra la mala fama de ser un lugar siniestro. Y no precisamente por las obras de arte que alberga -creadas durante el siglo XX y el actual- aunque a alguien pueda parecerle que es por eso. El centro es un clásico de las investigaciones paranormales en España por el tenebroso pasado del edificio que lo cobija.

 Los investigadores del Grupo Hepta, fundado por el sacerdote José María Pilón, se encerraron allí en dos ocasiones, en 1992 y 1995, para estudiar los extraños fenómenos que se producían en ese edificio y de los que eran testigos a diario los vigilantes y otros empleados del museo.

Veinte años después, tres miembros del Grupo Hepta, la periodista Sol Blanco Soler, la psíquica Paloma Navarrete y la encargada de las grabaciones audiovisuales y registros técnicos, Piedad Cavero, han recordado aquellas experiencias en el Foro Internacional de las Ciencias Ocultas y Espirituales.

Paloma Navarrete, Piedad Cavero y Sol Blanco Soler
Advirtieron en primer lugar que su misión consistía en acudir a la gente que les pide ayuda, haciendo una lógica selección previa, ya que -según dijeron- les llama todo tipo de personas y en este mundo de lo paranormal hay mucha gente que asegura que les pasan cosas y que eso no siempre es verdad. Muchas veces, esos supuestos fenómenos de paranormal tienen poco y mucho, en cambio, de otras cosas.

Fue precisamente una petición de ayuda de la primera directora del Reina Sofía, María Corral, apenas seis años después de la inauguración del museo, lo que les llevó por primera vez a aquel edificio, en el que pese a su reciente y total rehabilitación, se producían hechos inexplicables que mantenían en permanente alarma a sus empleados. Entre otros, que los ascensores se ponían en marcha por las noches, cuando estaban desconectados de la instalación eléctrica.

El pasado del edificio, diseñado por Sabatini en el siglo XVIII como Hospital General sobre los terrenos de un antiguo hospicio de indigentes, era aterrador. Cumplió esa función hasta 1965, cuando fue abandonado y sustituido por el actual Hospital Gregorio Marañón.

Al realizar la excavación en la plaza que se encuentra frente a la fachada principal del museo, aparecieron miles de restos humanos de todas las edades que habían sido enterrados allí. Dentro del mismo edificio, en su antigua capilla, estaban sepultados también los religiosos de las comunidades que atendían a los enfermos. Y los sótanos fueron, durante la Guerra Civil, escenario de torturas y sufrimientos indecibles.

De una de aquellas visitas, Paloma Navarrete recordó que, pasando por el sótano, por una sala rectangular que en aquel momento estaba vacía, vieron que la pared de la derecha no era de piedra como el resto, sino un lienzo blanco de pladur o algún material similar y ella exclamó. "¡Ahí hay dos muertos!". El jefe de seguridad, que les acompañaba, repuso que era imposible que ella supiese eso, a lo que respondió "Yo no lo sé, es que les estoy oyendo". Y veía claramente a un hombre y una mujer, con un gesto de enfado tremendo.

Entonces, el jefe de seguridad les contó que, cuando se realizaron las obras del museo, en el antiguo claustro o jardín central, se encontraba el panteón de los superiores de los frailes y monjas que cuidaban a los enfermos y que como había que sacarlos de allí y no habían un lugar definitivo donde ponerlos, les colocaron allí provisionalmente, emparedados tras un muro de pladur. Le dijeron que querían verlos y entonces hizo un agujero en el muro; al otro lado había tres féretros, con los nombres de sus ocupantes en letras doradas.

 Lo más espeluznante llegaría al entrar en escena Ataúlfo, el fantasma al que habían bautizado así los vigilantes del museo, aterrorizados por lo que veían y oían.  Ataúlfo le contó a Paloma que había sido un enfermo de ese hospital, un loco furioso, y que había asesinado a cien personas. Decía también que ahora estaba encantado de ver tanta gente por los pasillos, que no molestaba a nadie y que le dejaran tranquilo.

Hasta ahí, todo más o menos normal. Pero es que cuando Paloma entró en una sala circular del sótano, con una bóveda de ladrillo, se quedó petrificada al ver, sujetos a las paredes con argollas de hierro, a hombres y mujeres, cubiertos por andrajos que en tiempos habrían sido blancos, gritando desaforadamente. De repente, uno de aquellos hombres le dio un mordisco al que tenían más cerca y le arrancó un pedazo de cara. "Si ése era Ataúlfo, no lo sé, porque cuando apareció y se lo pregunté no me contestó", recordó la psíquica del Grupo Hepta.

Menos terrorífico, incluso tierno, es otro caso que contaron las tres integrantes del grupo y que es de los que han investigado más recientemente. El escenario, un chalé en el que vivía alquilada un familia pariente de los antiguos propietarios, parte de los cuales había fallecido en un accidente.

 
En el sótano, además de un gimnasio, había una sala de juegos, donde solían jugar los hijos de la familia, y una habitación cerrada con llave en la que se guardaban algunas pertenencias de los antiguos dueños de la casa. Todo comenzó cuando empezaron a oírse voces de niños que jugaban a altas horas de la noche, cuando los habitantes de la casa estaban ya acostados. Acudieron los investigadores y, tras realizar las mediciones correspondientes, pudieron comprobar que los campos electromagnéticos en ese punto de la casa estaban muy alterados.

Paloma Navarrete recordó que, a través de la puerta cerrada, pudo ver a un niño de unos doce años sentado sobre una caja de embalaje y con aspecto de estar muy enfadado. En aquella caja estaban sus juguetes y no podía utilizarlos. Intentaron que el niño se fuera, primero llamando a su abuelo, pero no le hizo caso. De pronto, otro médium miembro del equipo oyó ladrar un perro a lo lejos.

Y como los actuales habitantes de la casa no tenían ningún animal, pensaron que sería del niño, y éste lo confirmó. "Sí, se llama Chucky". Y todos empezaron a llamarle, hasta que Paloma pudo verle, a través de la bola de cristal, acercándose a todo correr. "Y vio al niño -recordó Paloma- y aquello fue... los dos tirados por el suelo, el perro venga a darle lametones, el niño agarrándose al animal..." Le dijeron a Chucky que corriera y el niño se fue también, corriendo tras él. Era la primera vez que Paloma y sus compañeros veían un perro viniendo para llevarse a un espíritu al otro lado. La casa volvió a la normalidad y los niños que la habitaban ya no volvieron a oir a otros jugando a horas intempestivas.

 
Mucho más dramático es otro de los casos recientes del Grupo Hepta. El escenario es también, como en el anterior, un chalé, situado en la localidad de Camorritos, en la sierra madrileña. Sus habitantes, que pasan allí los veranos y fines de semana, les llamaron porque veían sombras, oían ruidos de muebles que no se movían de su sitio y golpes en las puertas.
 
Como sucedía en el caso anterior, en el sótano los campos electromagnéticos estaban muy alterados; allí había unas pequeñas habitaciones con un ventanuco que daba sobre una pared de hormigón. Piedad Cavero, que estaba grabando imagen de aquel muro, oyó a Paloma que decía "Si estás aquí, danos una muestra". Y en ese momento, la cámara de video captó una bola blanca, como una pelota de tenis sobre el hormigón.

La psíquica del equipo recurrió a su bola de cristal y a través de ella vio a un hombre con bigote, de complexión robusta y con aspecto de campesino. Y se puso a hablar con él. Se llamaba Paco y contó que antes allí no existía esa casa; aquello eran tierras de su familia y había un conflicto porque la familia quería venderlas y él, que era el hermano mayor, se oponía porque quería conservar su parte.
Por si esto fuera poco, además, la familia estaba dividida en dos bandos políticos. Y por unas y otras cosas, acabaron matando a Paco a tiros.


Contó que se había puesto a hacer ruidos en aquella casa para que los que vivían en ella le escucharan y les pudiera contar su triste historia de "vendetta" familiar. "Se quedaron con todo, a mi  no me dieron nada", se lamentaba. Para que Paco pudiera seguir su camino, una vez contada aquella historia que le atormentaba, Paloma llamó a su mujer, Rosa, una guapa moza, con la que Paco se fue cogido de la mano para no volver.